Cuando Siddharta decide irse de casa de sus padres

-Con tu permiso, padre. He venido a comunicarte que deseo abandonar mañana tu casa para irme con los ascetas. Mi deseo es convertirme en un samana. Espero que mi padre no se oponga.

El brahmán quedó en silencio y permaneció así tanto tiempo que, por la pequeña ventana, pasaron las estrellas y cambiaron su figura antes de que se rompiera el silencio de aquella habitación. Callado y sin moverse se hallaba el hijo, con los brazos cruzados; callado y sin moverse el padre seguía sentado sobre la estera. Y las estrellas pasaban por el cielo. Entonces declaró elpadre:

-No es conveniente que un brahmán pronuncie palabras violentas y furiosas. Pero la indignación

estremece mi alma. No quiero oír de tu boca este deseo por segunda vez.

Lentamente se levantó el brahmán. Siddharta continuaba callado, con los Brazos cruzados.

-¿Qué esperas? -preguntó el padre.

Siddharta contestó:

-Tú ya sabes.

Buscó su cama y se tendió en ella lleno de ira.

Después de una hora, el sueño no había conseguido cerrarle los ojos, se levantó el brahmán,

paseó de un lado a otro y por fin salió de la casa. A través de la pequeña ventana de la habitación  miró hacia el interior y vio a Siddharta en el mismo sitio, con los brazos cruzados. Pálido, con su clara túnica reluciente. El padre regresó a su lecho con el corazón intranquilo.

Después de una hora sin conseguir conciliar el sueño, se levantó otra vez, paseó de un lado a

otro, salió de la casa y observó que la luna había salido. A través de la ventana de la alcoba

contempló el interior; y allí se encontraba Siddharta sin haberse movido, con los brazos cruzados, con la luz de la luna reflejándose en sus desnudas piernas. Con el corazón abrumado, regresó a su cama.

Y volvió después de una hora, de dos horas; miró a través de la pequeña ventana y vio a

Siddharta a la luz de la luna, de las estrellas, en la oscuridad. Y lo repitió a cada hora, en silencio; miraba hacia la alcoba y veía que Siddharta no se movía. Su corazón se llenó de ira, se colmó de intranquilidad, se saturó de miedo, se nutrió de pena.

Y en la última hora de la noche, antes de que empezara el día, regresó; entró en el cuarto y

observó al joven, que le pareció más alto, como un extraño.

– Siddharta – invoco-. ¿ Qué esperas?

-Tú ya sabes.

-¿Te quedarás siempre así y aguardarás hasta que se haga de día, hasta el mediodía, hasta la

noche?

-Me quedaré así y esperaré.

-Te cansarás, Siddharta.

-Me cansaré.

-Te dormirás, Siddharta.

-No me dormiré.

-Te morirás, Siddharta.

-Me moriré.

-¿Y prefieres morir antes que obedecer a tu padre?

-Siddharta siempre ha obedecido a su padre.

-Así pues, ¿deseas abandonar tu idea?

-Siddharta hará lo que su padre le diga.

La primera luz del día entró en la habitación. El brahmán vio que las rodillas de Siddharta

temblaban. Sin embargo, en el rostro de su hijo no vio ninguna duda, sus ojos miraban hacia muy lejos. Entonces el padre se dio cuenta de que Siddharta ya desde ahora no se hallaba a su lado, en su tierra. Ahora ya le había abandonado.

El padre tocó el hombro de Siddharta.

-Irás al bosque -dijo-, y serás un samana. Si encuentras la bienaventuranza en el bosque,

regresa y enséñamela. Si hallas el desengaño, vuelve y de nuevo sacrificaremos juntos ante los

dioses. Ahora ve, besa a tu madre y dile adónde vas. Ya es mi hora de ir al río, a efectuar la primera ablución.

Retiró la mano del hombro de su hijo y salió. Siddharta vaciló en el momento en que intentó

andar. Dominó sus miembros, se inclinó ante su padre y se dirigió hacia su madre para obrar tal como le había pedido el progenitor.

Con la primera luz del día, Siddharta abandonó lentamente la silenciosa ciudad, con las piernas entumecidas aún. En la última choza apareció una sombra que se había escondido allí, y que se unió al peregrino: era Govinda.

 

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